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1. LA CIVILIZACIÓN EMERGENTE
Vivimos en el umbral de un nuevo tipo de civilización, donde los
conocimientos y las comunicaciones adquieren valor estratégico para
el desarrollo de las naciones, la globalización de los mercados,
la gestión de los asuntos públicos y privados, y para el propio
desenvolvimiento de las culturas e identidades comunitarias.
Algunos rasgos de esa civilización emergente son los siguientes:
1º La progresiva globalización de diversas esferas de la
actividad humana. El espacio de la economía y las redes de intercambio
cultural se reorganizan bajo la forma de sistemas abiertos, redefiniéndose
con ello el sentido de todo "lo local".
2º El rápido aumento de velocidad de muchos procesos humanos,
que comienzan a funcionar bajo el predominio de la instantaneidad y la simultaneidad.
El tiempo se comprime y se reorganiza bajo la forma de eventos coetáneos,
produciendo la sensación, en el límite, de que todo tiene
lugar "aquí y ahora".
3º La compresión del espacio y la aceleración del
tiempo vital hacen aparecer a la superficie de la conciencia humana, por
primera vez, el carácter "manufacturado" de muchos fenómenos
políticos, económicos y culturales. Empezamos a vivir en un
medio ambiente que es predominantemente creado, artificial, manipulable.
4º Lo anterior replantea también la cuestión de la
relación del hombre con su hábitat natural. En la civilización
global, la evolución tecnológica produce una nueva y más
compleja relación entre cultura y naturaleza. Aquélla se autonomiza;
ésta se subordina al incesante desarrollo de las fuerzas productivo-tecnológicas.
Los horizontes naturales se perciben, quizá por primera vez, como
límites franqueables, aun a riesgo de destruir el referente material
de las cosas y los sucesos históricos.
5º La inventiva humana se desplaza hacia el dominio de las claves
de la propia evolución: la manipulación genética, por
un lado, y la ingeniería de los sistemas y las conciencias, por el
otro. En el umbral de la nueva civilización dos anhelos contradictorios
alcanzan así su máxima expresión: el deseo de controlar
el mundo hasta en sus designios más íntimos; y el deseo de
preservar en medio de todo eso un sentido moral de la vida, el cuidado por
los otros y el respeto por lo sagrado.
Dentro de estas condiciones, la subsistencia colectiva ha vuelto imperioso,
desde ya, un incremento generalizado de la reflexividad que guía
los procesos sociales y un permanente aprendizaje para adaptarse a las nuevas
situaciones. Supone, asimismo, ampliar nuestra capacidad de "hacer
sentido" de la historia y así poder asumir - sin quedar paralizados
por el miedo o la incertidumbre - las nuevas y mayores posibilidades que
proporciona la libertad.
2. LA SOCIEDAD DEL CONOCIMIENTO
Ahora bien, desde el punto de vista de los componentes de conocimiento y
comunicación que sustentan el orden cultural emergente, puede decirse
que estamos en tránsito desde un estadio de saberes estables y escasos
a un estadio de saberes en flujo y abundantes. Ya a comienzos de la década
pasada, se estimaba que la información globalmente disponible aumentaba
en un 14% anual, mientras que el costo de archivarla, procesarla y transmitirla
viene cayendo en un 20% cada año, durante las últimas cuatro
décadas.
Efectivamente, estamos pasando desde una civilización de producciones
industriales masivas, articulada en torno al progreso de las "máquinas",
a una civilización de servicios y aplicación de conocimientos,
organizada en torno a la evolución de "programas" de todo
tipo. Es el desplazamiento del hardware hacia el software, de la ingeniería
de productos al diseño de procesos, del énfasis en los recursos
naturales al énfasis en los recursos simbólicos, del medio
al mensaje, de la memoria humana al archivo informatizado, de la producción
a la conversación, del orden jerárquico al orden de las redes,
de la transmisión lenta a la rápida difusión de señales
a la velocidad de la luz, del control burocrático externo al control
interno de las esferas de libertad, de la regulación administrativa
a la autorregulación social.
Como consecuencia, las economías más avanzadas tienden también
a desplazar su centro de gravedad desde la industria de las cosas (automóviles,
aero-espacial, de bienes duraderos de consumo) hacia la industria de las
ideas y los mensajes (en general, "programas"), que incluye tanto
las rutinas automatizadas para la producción de cosas como la producción
de contenidos simbólicos, entretención, información,
diseños, modas y experiencias.
Asimismo, al convertirse la información en un recurso crucial para
la producción y la política, aquellas personas e instituciones
que más directamente trabajan con ese recurso se transforman en una
parte cada vez más importante de las sociedades. Así, por
ejemplo, quienes ejercen las funciones denominadas de "análisis
simbólico" - planificadores de todo tipo, consultores de comunicación,
asesores en acopio e interpretación de conocimientos, estrategas
simbólicos, etc. - pasan a ocupar lugares claves en el mercado laboral.
También la dimensión organizativa de la sociedad está
cambiando aceleradamente. Quizá el Internet sea una de las expresiones
más interesantes del modelo emergente. Por de pronto, está
la inaudita rapidez de su expansión. Cada año, desde 1988,
ha estado creciendo al doble de su tamaño. Se hallan conectados a
esta red más de 100 millones de personas, según estimaciones
recientes. Si continuara su actual tasa de crecimiento - cosa prácticamente
imposible -, en el año 2003 la cantidad total de usuarios excedería
la población mundial. Más importante, sin embargo, es que
esta red globalizada representa tres características de una nueva
arquitectura social que, con el tiempo, podría llegar a ser predominante
a nivel global.
En primer lugar, se trata de un sistema auto-organizado. Nació y
se ha desarrollado sin un centro motor, sin planificación centralizada,
ni cuenta con un control ejercido desde arriba. Es, por lo mismo, una arquitectura
horizontal y des-jerarquizada; todo lo contrario de los modelos burocráticos
de organización a los que estamos acostumbrados.
En seguida, es una red abierta al que desee conectarse. Para participar
no hay que pedir permisos especiales ni se requiere mostrar credenciales
de ningún tipo. Ni nadie está forzado a moverse en una dirección
predeterminada una vez que ingresa a la red.
Por último, es una arquitectura interactiva. Al ingresar uno se pone
en contacto; entra a una situación que se denomina "estar en
red". Cada nuevo miembro aprovecha la totalidad del espacio comunicativo
disponible. Mientras más personas ingresan, mayor es el valor de
toda la red.
3. LA PARTICIPACIÓN COMO BASE DE LA LIBERTAD
Lo cual nos lleva al tema de la democracia y a preguntarnos si acaso - tal
como la conocemos hoy y prevemos que se desarrollará en el futuro
- ella puede, todavía, generar modalidades auténticas de participación;
entendidas como formas de autodominio, autorrealización y autoeducación.
O bien si, por el contrario, está condenada a admitir, solamente,
formas espurias; es decir, movilizaciones impulsadas desde fuera o maneras,
nada más, en que los individuos son arrastrados por los acontecimientos.
Es un hecho que en la mayoría de las democracias occidentales las
formas tradicionales de participación política - a través
de los partidos, los sindicatos y las agrupaciones de motivación
religiosa - se hallan en franco retroceso y están siendo sustituidas
por formas distintas de participación(1). Aun en los Estados Unidos,
cuna del asociacionismo civil, se habla de que la balanza estaría
gravitando fuertemente contra el comunitarismo y hacia el individualismo;
así, un autor advierte que desde 1950 en adelante la participación
en asociaciones voluntarias ha venido cayendo en ese país(2).
¿Ocurrirá lo mismo, necesariamente, en los países en
desarrollo? Hay buenas razones para pensar lo contrario; esto es, que en
el futuro los niveles de interés y atención en torno a la
política, en vez de disminuir, podrían tender a elevarse en
nuestros países sin que eso implique, inevitablemente, aumentar los
márgenes de participación partidista(3). ¿Por qué
digo esto? Primero, porque los niveles educacionales y la información
política de la población, dos elementos cruciales para participar
en la esfera pública, están creciendo velozmente a pesar de
su desigual distribución. Segundo, porque las normas y costumbres
que hasta hace poco excluían a la mujer de dicha esfera, negándole
incluso el voto, están cambiando rápidamente ahora, lo cual
resultará en que prácticamente la mitad de la población
quedará en condiciones de participar. Tercero, porque se ha constatado
que una vez que las personas dejan de estar centradas exclusivamente en
la lucha por la sobrevivencia económica, ellas empiezan a orientarse
hacia ciertos valores llamados a veces "post-materialistas", entre
los cuales la política ocupa un lugar preeminente.
Pero, tal vez, los fenómenos participativos más interesantes
de la posmodernidad se sitúen, precisamente, más allá,
o fuera, de la esfera de la política.
Primero que todo, creo que están surgiendo nuevas formas de participación
cultural que tienen por base el mercado. Incluso tengo para mí, que
mientras no se asuma que las prácticas de consumo son, vitalmente,
modos de hacerse parte de la sociedad - una manera, en realidad, de hablar
su lenguaje - no será posible abordar adecuadamente los nuevos fenómenos
de la vida social. De hecho, una parte creciente de la existencia de las
personas, y de su tiempo libre, están vinculados a la esfera del
consumo. Como dice una antropóloga británica, es por el consumo
que participamos en la cultura material de nuestra época y que nos
introducimos en el mundo de su representación simbólica(4).
Justamente por eso, además de satisfacer necesidades, el consumo
constituye hoy una escenificación de la sociabilidad; una manera
de vivir la vida en común. De allí que pueda esperarse, también,
que en el futuro se articulen nuevas formas asociativas, de participación
y de estructuración comunitaria, en torno a las experiencias del
consumo y de las situaciones de mercado. De ser cierto, resultaría
como poner cabeza abajo las antiguas tesis sobre la alienación humana.
En seguida, los análisis tradicionales suelen pasar por alto la participación
en el mundo de los mensajes transmitidos por la industria de las comunicaciones.
¿Cómo eludir el hecho, sin embargo, de que esa experiencia
hace parte del vínculo social contemporáneo? ¿Qué
es el universo creado por la televisión, por ejemplo, sino un poderoso
sistema de imágenes colectivas en que participamos como condición
para ser parte de las conversaciones y los movimientos de opinión
de nuestra época? Un ininterrumpido flujo de imágenes audiovisuales
nos rodea casi como una segunda atmósfera. Mal que le pese a algunos,
el público masivo encuentra en la televisión no sólo
esparcimiento sino, además, un motivo de autoeducación, una
fuente de información, una visión de mundo y una manera de
compartir señales y símbolos con los demás miembros
de su comunidad(5).
Por último, la propia información constituye hoy un recurso
clave para tomar parte en la vida social. De hecho, diversos sistemas -
como la democracia, los mercados y la comunicación masiva - dependen
de ese factor esencial que fluye a través de las infinitas redes
de mensajes que forman una comunidad.
Por tanto, es un requisito esencial para esos sistemas que las personas
dispongan del conocimiento necesario para participar en ellos. El supuesto
funcional, por decir así, es una población educada, con capacidad
para usar la información disponible. En cambio, el origen contemporáneo
de la desigualdad es una educación insuficiente o de baja calidad,
que siempre va acompañada, como veremos más adelante, de una
concentración de la información y el conocimiento, en pocas
manos.
Es crucial, asimismo, poner a las personas en condiciones de expresarse
y de comunicar sus intereses y experiencias. A fin de cuentas, en eso consiste
la participación auténtica; en la posibilidad de que la gente
forme, por medio de la interacción, comunidades de vida, de trabajo
y de cultura. En cambio, una sociedad civil débil, sin participación
y con fuertes desigualdades estará siempre expuesta a la apatía,
al descontento, incluso, a la violencia.
Nuestras propias sociedades poseen aún fuertes rasgos tradicionales
y una rígida estructura de desigualdaes que dificultan crear y usar
esos espacios que se forman a partir de la acción comunicativa. Cierto
autoritarismo, el burocratismo, el estatismo y el centralismo - todo eso
tiene entre nosotros raíces profundas y es como un lastre que frena
y limita la iniciativa de las personas y los grupos comprometidos con la
innovación social.
4. TRANSFORMACIONES CULTURALES
De allí que los cambios en curso a nivel global traerán consigo,
también, exigentes transformaciones culturales que no siempre serán
aceptados con facilidad. En primer lugar, el individuo - nuestro ciudadano
todavía muchas veces incompleto - pasará a convertirse en
el futuro, además, en miembro de variados públicos e integrante
de redes de diverso tipo.
En tanto público, co-participará en un "mercado de mensajes"
que marcha aceleradamente hacia la segmentación. Las personas pertenecerán,
ante todo, a determinados estamentos o comunidades definidos en torno a
pautas de consumo, estilos de vida, preferencias estéticas, nivel
educacional e, incluso, de modas, "ondas" y atributos todavía
más efímeros.
En tanto que miembro de redes, el individuo se introducirá - activa
o pasivamente - en un mundo de conversaciones y prácticas, participando
dentro de variados universos de intercambio simbólico. El propio
concepto de una cultura nacional - pública y jerárquica -
construido trabajosamente por las elites tradicionales, tenderá a
cambiar de manera dramática. Desde ya parece ser un dato que la mayoría
de las nuevas dinámicas culturales se constituyen más del
lado del mercado que del Estado; más desde la esfera privada que
de la pública; usando como soporte redes descentralizadas más
que iniciativas centralizadas; en un marco globalizado antes que dentro
de las fronteras nacionales.
En segundo lugar, se está produciendo un rápido ensanchamiento
de las opciones de consumo simbólico, que probablemente conducirá
hacia el ocaso de las audiencias masivas y de los patrones de estandarización
industrial de los mensajes. Al aumentar las ofertas, aumentan también
las posibilidades de dirigirlas focalizadamente a una diversidad de público,
como ya ocurre en el caso de la televisión por cable. Los intereses
humanos - tendencialmente infinitos - adquirirán así una expresión
hasta ahora desconocida, lo que aumentará en la superficie de las
sociedades, y en la profundidad de las conciencias, la necesidad del pluralismo
cultural.
En tercer lugar, la cuestión de las identidades personales y sociales
tendrá por necesidad que ser abordada bajo nuevas formas. Existirán,
probablemente, dos movimientos divergentes. Por un lado, hacia la afirmación
defensiva de los "núcleos duros" o tradicionales de identidad
amenazados por el pluralismo y el globalismo ambiente, como ocurre por ejemplo
con ciertas reacciones "fundamentalistas" tanto a nivel individual
como social. Por el otro, se multiplicarán las "identidades
elegidas", como ocurre desde ya con algunos vínculos de género
o con los jóvenes cuando se apropian e identifican con ciertas tribus
musicales y con determinados idiomas socialmente expresivos. Aparecerán,
por doquier, procesos de hibridación, de flujo, de entrecruzamiento
y contaminación de las identidades, propios de un mundo donde lo
local se combina continuamente con lo global y cuyos límites simbólicos
se han vuelto más permeables y propensos a la polución.
En cuarto lugar, y en un plano más general - de etnia, nación
y Estado - el que viene será un periodo de "conflictos de identidad",
al interior de los cuales se plantearán con fuerza los dilemas de
la globalización y de la incorporación de formas cada vez
más avanzadas de multiculturalismo.
Desde antiguo el contacto entre culturas vecinas y distantes ha sido un
motor del cambio y de la difusión de innovaciones, incluso de naturaleza
destructiva. Ninguna cultura ha existido, nunca, en total encierro. En adelante,
sin embargo, esos fenómenos de "contaminación" de
unas culturas por otras, alcanzarán proporciones desconocidas hasta
el presente. Las aldeas más apartadas estarán en condiciones
de comunicarse con el resto del mundo a través del tráfico
de los satélites. El comercio de símbolos será muchas
veces mayor que el intercambio de productos. Las convenciones tarifarias
y aduaneras que rigen para estos últimos no podrán aplicarse
a aquel otro comercio, mil veces más veloz, liviano y sutil.
Como muestran desde ya el Internet y la televisión satelital y de
cable, la comunicación del futuro no podrá sujetarse fácilmente
al control de los agentes del Estado. Su regulación pública
tendrá que ser reemplazada por eso, cada vez más, por diversas
modalidades de autorregulción privada. Las normas administrativas
de control y tráfico de señales serán sustituidas,
progresivamente, por códigos éticos internalizados en el punto
de producción, de trasmisión y de recepción.
Tendremos que habituarnos a un mundo de canales ilimitados, de multi-medios,
de infinitas ofertas, de contenidos que circulan globalmente, de públicos
fragmentados y conscientes de sus derechos, de personas que se convierten
en emisores por su cuenta y riesgo y crean, por propia iniciativa, redes
de información y conversación.
Particularmente las fronteras territoriales tenderán a ser sobrepasadas
continuamente por esos fenómenos de intercomunicación global.
Por grande que sea la imaginación de los burócratas locales
para establecer reglas y barreras, ella siempre será inferior a la
capacidad de miles y millones de individuos dispuestos a usar discrecionalmente
las nuevas tecnologías de elaboración y transmisión
de mensajes.
5. LAS NUEVAS DESIGUALDADES
Nadie debe imaginar, sin embargo, que la nueva civilización del conocimiento
y las comunicaciones será, por sí sola, la base de un orden
mundial más equitativo en cuanto a la distribución de sus
elementos esenciales. Por el contrario, la estructura de la emergente "aldea
global" está marcada por profundas desigualdades.
Así, por ejemplo, en el mundo hay todavía cerca de 900 millones
de analfabetos, casi todos habitantes de la parte subdesarrollada del mundo.
Con todo, los países industrialmente avanzados gastan 5 veces más
en educación que los países en vías de desarrollo,
y cerca de 20 veces más por alumno, considerando todos los niveles
desde el preescolar hasta el terciario.
Mientras los países desarrollados reúnen el 85% de los científicos
e ingenieros que trabajan en investigación y desarrollo, y gastan
el 96% del total mundial destinado a esas actividades, los países
en vías de desarrollo sólo cuentan con un 15% del personal
de investigación y concurren con un magro 4% al gasto global invertido
en tales actividades. No puede sorprender, por lo mismo, que un 95% de las
publicaciones científicas internacionalmente registradas se originen
en los países industriales.
Adicionalmente, el mundo subdesarrollado, que comprende un 77% de la población
total, produce sólo un 25% de los libros editados cada año;
los diarios que circulan en esa parte del mundo medidos por cada 1000 habitantes
son sólo un sexto de aquéllos que circulan en los países
desarrollados; y hay más teléfonos en la ciudad de Tokyo que
en toda África.
Sólo seis países industriales concentran más de tres
cuartas partes del negocio mundial de las telecomunicaciones. Y apenas cuatro
de ellos, controlan también tres cuartas partes de las tecnologías
y la producción industrial del sector. Algo similar ocurre a nivel
de usuarios. Mientras en los países industrializados el promedio
de televisores y radiorreceptores es de 50 y 97 por cada cien habitantes,
respectivamente; en los países en desarrollo las cifras correspondientes
apenas alcanzan a 6 y 18.
En suma, la estructura global del conocimiento y las comunicaciones repite
los mismos patrones de desigual distribución de la riqueza y el poder
a nivel mundial. Los principales flujos de información y tecnologías
se originan en el centro y se expanden desequilibradamente hacia la periferia.
6. LAS CONDICIONES SUBJETIVAS DE INSEGURIDAD
De modo que en América latina tendremos que hacer frente ya no sólo
a los rezagos propios de nuestra historia - vamos en el furgón de
cola de la modernidad, dijo una vez Carlos Fuentes - sino que tendremos
que aprender, además, a lidiar con los miedos e incertidumbres de
hoy; que nacen con, y son propios de, la alta modernidad.
Miedos que tienen que ver, ante todo, con la sensación de amenaza
e incertidumbre que generan nuestros complejos sistemas expertos, globales
y altamente sofisticados. Son, al decir de un sociólogo británico,
"incertidumbres manufacturadas"(6) , es decir, fabricadas por
el hombre. Nuestra percepción de riesgo viene de la propia capacidad
de intervenir en la naturaleza y la sociedad que hemos adquirido durante
el último siglo. Viene pues del conocimiento y las máquinas.
De la interdependencia e intercomunicación. Son incertidumbres nuevas,
de mayor alcance y más profundas. Como el miedo al holocausto nuclear,
o a quedar un día sin atmósfera que respirar, o al narcotráfico,
o a la violencia irracional, o a la intolerancia racial, o a las oscilaciones
de la economía internacional con sus efectos sobre el empleo y el
bienestar de la gente.
Sabemos, por ejemplo, que las ciudades continuarán creciendo, que
los suburbios urbanos tendrán más habitantes, y que los desplazamientos
masivos dentro y entre países tenderán a aumentar. Cada año
la población mundial crece en un Bangladesh: 112 millones de personas.
También eso produce temor e inseguridad: a la "llegada de los
bárbaros", a la violencia en las calles, a una competencia a
muerte por los puestos de trabajo. De aquí al año 2025, sólo
en los países en desarrollo, existirá la necesidad de crear
cada año 40 millones de nuevos empleos(7). ¿Qué ocurrirá
si no somos capaces de lograrlo?
Otra fuente de malestar tiene su origen en los cambios que experimentan
las estructuras soportantes de la vida personal, en particular, la familia
y la comunidad. La desintegración de esas estructuras, para dar paso
a relaciones mucho más abstractas, voluntarias, de tipo contractual,
crea una sociedades frágiles, angustiadas, asustadas frente a la
vejez y la muerte, inhóspitas y frías. Nos preguntamos cómo
podrá florecer la intimidad personal, o si estaremos condenados a
pagar con una creciente represión afectiva los beneficios materiales
de nuestra civilización.
El mero hecho del cambio permanente, su velocidad y los muchos planos vitales
que afectan simultáneamente contribuyen también a extender
la inquietud y aumentan la sensación de incertidumbre. Lo que ayer
era real, ya no lo es mañana. Los imperios desaparecen. Las noticias
se transmiten, literalmente, a la velocidad de la luz. Los ídolos
se evaporan antes siquiera de que hayamos alcanzado a identificarlos. Es
cierto: todo lo que parece sólido se esfuma en el aire. El individuo
no tiene ya a qué aferrarse. Incluso, hay quienes sostienen que la
modernidad nos ha conducido a una velocidad de liberación tal que
correríamos el riesgo de salirnos de la esfera referencial de lo
real y de la historia(8).
En suma, la inquietud y la angustia son como dos sombras que proyecta la
cultura en que vivimos. Es probable que los años que tenemos por
delante - con el cambio de siglo y milenio - no aminorarán ese sentimiento.
Quizá sólo la reflexión lúcida sobre la historia
pueda darnos consuelo. Pues como ha dejado escrito George Duby, ¿para
qué se escribe la historia "si no se lo hace para ayudar a nuestros
contemporáneos a confiar en el porvenir y a encarar mejor armados
las dificultades que se encuentran día a día?"(9).
1. Véase INGLEHART, Ronald, Culture
Shift in Advanced Industrial Society, Princeton University Press, Princeton,
New Jersey; especialmente cap. 10 "From Elite-Directed to Elite-Directing
Politics: The Role of Cognitive Mobilization, Changing Gender Roles, and
Changing Values", 1990.
2. Véase FUKUYAMA, Francis, Trust. The Social Virtues & the Creation
of Prosperity, The Free Press, New York, 1995, pp. 308-309.
3. Véase INGLEHART, Ronald, Op. Cit., cap. 10.
4. Véase DOUGLAS, Mary & BARON, Isherwood, The World of Goods.
Towards an Anthropology of Consumption, Penguin Books, Harmondsworth, Middlesex,
England, 1978.
5. Véase BRUNNER, José Joaquín y CATALÁN, Carlos,
Televisión: Libertad, Mercado y Moral, Editorial Andes, Santiago
de Chile, especialmente cap. 1, "Centralidad de la Televisión",
1995.
6. GIDDENS, Anthony, Beyond Left and Right. The Future of Radical Politics,
Stanford University Press, Stanford, 1994.
7. KENNEDY, Paul, Preparing for the Twenty-First Century, Random House,
New York, 1993.
8. BAUDRILLARD, Jean, La Ilusión del Fin. La Huelga de los Acontecimientos,
Editorial Anagrama Barcelona, 1993, p. 9.
9. DUBY, George, Año 2000, Año 1000. La Huella de Nuestros
Miedos, Editorial Andrés Bello, Santiago de Chile, 1995, p. 9.
(*) Ministro Secretario General de Gobierno. Discurso
inaugural con ocasión del VIII Congreso de la Federación Internacional
de Estudios sobre América Latina y el Caribe (FIEALC), "Modernización
e Identidad en América Latina y el Caribe en el Marco de los Procesos
de Globalización", Instituto de Estudios Humanísticos
Abate Juan Ignacio Molina, Universidad de Talca, 5 al 8 de enero de 1997.
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