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Lamentablemente, hoy debemos ridiculizar
utopías
que a veces fueron fecundas. La cultura es ingrata: necesita
profanar sus mitos para renovarlos.
Ticio Escobar.
A partir de este epígrafe inicial de Ticio
Escobar habría que preguntarse si uno de los mitos a "profanar"
en esta época "ingrata" no debería ser el de la
identidad. Tanto se ha hablado de su importancia en estas últimas
décadas, tanta retórica y lugares comunes se han acumulado
sobre los rasgos que definen su tipología étnicos, objetos
"patrimoniales", historia, rituales, símbolos y costumbres
y sobre la idea de "ser nacional" en que se reconocen los
habitantes de un territorio determinado, que vale la pena interrogarse
sobre esta noción, especialmente en el marco de la sociedad globalizada
en la que estamos proyectados.
Tener identidad ha sido tradicionalmente tener un país, una ciudad
o un pueblo y hasta un barrio, donde se comparte una "mismidad"
intercambiable. El "territorio identitario", lo que "enraiza",
coincide con los límites de un estado, una lengua(1), una religión,
una etnia, en resumen, con todo lo que puede simbolizarse en una "cédula
de identidad" o en el pasaporte necesario para cruzar fronteras,
muchas veces cerradas defensivamente sobre sí mismas. Lo propio
de una identidad cultural ha sido, pues, el producto del "cultivo"
de un territorio que genera comportamientos e imprime "señas"
en la que se reconocen los miembros de una comunidad, conciencia de semejanza
(lo idéntico y compartido) que permite establecer las diferencias
con los otros, con todos aquellos que no encarnan ni manejan los mismos
códigos.
Estos repertorios de objetos comunes que tienen "una correspondencia
específica con las formas locales que adopta la vida de una comunidad"(2),
en la medida que se comparten con otros (los "idénticos"
a uno), ratifican la idea de organicidad identitaria y fundan la noción
de pertenencia. Se pertenece a un grupo y se pertenece a un sistema de
valores. El "sentimiento"(3) de tener identidad está
respaldado por la "seguridad" que brinda la pertenencia a un
grupo cuya definición y cohesión reposa sobre un sistema
común de valores y de instituciones, pretendidamente coherentes.
Ese sistema, más o menos respetado según los individuos
o los grupos, sirve de norma de referencia identitaria y funda las creencias
en que se sustenta. Se cree en la propia cultura, se cree en la Patria
o en la Nación, se cree en los límites y fronteras donde
empieza y termina una "mismidad", se cree en los mecanismos
con que la identidad se defiende de contactos e intercambios y donde lo
propio existe a partir de su oposición a lo extranjero y diferente.
En algunos casos, se llega a afirmar que una identidad nacional se forja
gracias a la tensión, cuando no a conflictos o guerras con los
países vecinos.
Esta noción tradicional de identidad, concebida como universo autónomo,
coherente y negándose a influencias exteriores, aunque históricamente
haya cumplido su función, ahora es difícilmente sostenible.
Lo distintivo ya no es siempre sinónimo de homogeneidad y no coincide
necesariamente con un territorio determinado. Menos aún puede reivindicarse
como una colección de textos, objetos a conservar, raíces
definidas, ritos y símbolos fijados de una vez para siempre, cuando
no convertidos en estereotipos repetidos sin cuestionarlos. Las identidades
no son impermeables las unas a las otras. Todo sistema identitario es
decir el conjunto de tradiciones culturales, sociales o históricas
al que una comunidad pertenece y a cuyo destino está uncida para
lo mejor y lo peor aunque se pretenda cerrado, es "poroso"
y puede llegar a tener una relación "osmótica"
con otros grupos o sistemas que lo impregnan, lo oprimen o lo favorecen.
Una reformulación de los parámetros identitarios se impone,
pues, a partir de la pérdida de esa igualdad fundacional y de la
crisis de las nociones de organicidad y de pertenencia. En las páginas
que siguen realizamos algunas propuestas sobre lo que podrían ser
estos nuevos parámetros. Con ello pretendemos contribuir al tema
del congreso que nos ha reunido en Talca: "Modernización e
identidad en el marco de los procesos de globalización". Lo
haremos en tres partes:
1. Las fronteras alternativas del territorio identitario. 2. Los nuevos
repertorios identitarios. 3. La redimensionalización de lo particular
y lo universal.
1. Las fronteras alternativas del territorio identitario
La progresiva desaparición de barreras fronterizas en vastas regiones
del mundo, la generalización de las comunicaciones y los cambios
radicales de las formas de producción y circulación de los
productos culturales nacionales han conducido a un agudo proceso de desterritorialización
de la noción de identidad cultural.
A ello ha contribuido, por un lado, la nueva dimensión del individuo
surgida con la creciente movilidad que caracteriza la vida contemporánea,
cada vez más liberada de las restricciones de dependencia de la
organicidad biológica y social, de delimitaciones territoriales
y de compulsiones históricas a los que la noción restrictiva
de identidad la constreñía. Un individuo con una mayor capacidad
de movimiento y motivaciones (móviles) diversificadas, cuando no
plurales, emerge lentamente del modelo clásico de identidad. Las
lealtades locales o nacionales ceden a un sentimiento de pertenencia proyectado
a partir de la participación en comunidades inter culturales, en
adscripciones asociativas que forman parte de un nuevo ordenamiento mundial
de relaciones. Las formas tradicionales de participación a nivel
nacional (partidos, sindicatos, asociaciones locales), los referentes
jurídicos y políticos de la ciudadanía, las que eran
configuraciones institucionales de la identidad, ceden a caracteres definitorios
fundados más en las afinidades electivas y profesionales que en
los caracteres unívocos impuestos por el lugar de nacimiento.
Por otro lado, la interacción y la tensión a partir de la
diferencia, la apertura a los temas de la alteridad, la marginalidad,
la exclusión, el descentramiento y la desorientación marcan
la crisis de la ontología de la pertenencia y han llevado a la
reformulación de la noción de "comunidad" y de
"patrimonio". La patria lo que más subjetiva y complejamente
los ingleses llaman homeland y los alemanes heimat ya no tiene un límite
definido. Lo extranjero penetra las fronteras políticas y económicas,
hibridiza los reductos culturales de la identidad, mezcla costumbres y
comportamientos. El "otro" ya no está fuera de los límites
del país, sino que puede estar en una misma ciudad y puede ser
el vecino del edificio en que se vive. Nuevas fronteras (lo que metafóricamente
podrían ser "fronteras asimétricas") se instalan
en el interior de países y ciudades y se desdibujan en la multiplicación
de los circuitos de circulación transterritoriales de personas,
ideas y costumbres que las relacionan entre sí.
Sin embargo, este cambio de fronteras no se produce sin dificultades.
Genera "ansiedad e insatisfacción"(4) y produce una descolocación
("dis-locación") que unos los dueños tradicionales
del "territorio" identitario perciben como una "invasión"
y otros minorías de todo tipo, excluidos y extranjeros sienten
como un desplazamiento hacia la marginalidad a la que son relegados. De
ahí que buena parte del discurso identitario, especialmente en
las grandes urbes, oponga el del patrimonio amenazado que quieren proteger
unos al discurso desde la marginalidad que reivindican otros: inmigrantes,
jóvenes, integrantes de minorías, desocupados o carentes
de domicilio fijo.
Por otra parte, esta toma de conciencia de la vulnerabilidad de la identidad
cultural patrimonializada, lleva a ciertos sectores a una susceptibilidad,
cuando no al pánico, frente a todo principio de cambio o alteración
de lo que se considera propio. Se habla y se teme la "pérdida
de la identidad", aunque ésta no sea otra que la prisionera
de las visiones fundamentalistas de etnias y culturas que la reivindican
como exclusiva.
Esta preocupación se da particularmente en las sociedades que se
sienten amenazadas por la globalización, a la que se tiende a confundir
con homogeneización o uniformización. En el caso de América
latina, el sustrato "primitivo" de la búsqueda mítica
de la identidad ha llevado a algunos a una reivindicación de la
pureza de lo vernacular (lo originario, lo autóctono) frente a
lo que se considera el efecto contaminante y enajenante de la modernización
extranjera. La defensa de lo "nacional-popular" y de las categorías
axiológicas de lo pre-moderno y antiindustrial, todo aquello que
se representa como lo "propio" y lo auténtico, han llevado
a una simbolización arcaizante de la identidad, definida por un
origen que, en algunos casos extremos, se transforma en "culto de
los orígenes". Para las sociedades indígenas se lo
hace remontar a la pureza de lo prehispánico. Todo lo que ha sucedido
después del "encuentro" de acuerdo a esta posición
extrema no es más que un largo proceso de contaminación,
degradación y destrucción de esa "pureza original".
En el caso de los países construidos gracias a sucesivos flujos
migratorios, mestizajes étnicos y culturales de todo tipo, como
pueden ser los países del Río de la Plata, donde se han
mezclado creencias y ha habido intercambios abiertos y dinámicos,
no pueden reivindicarse esos orígenes. Pese a ello, el culto del
arraigo propone una "cultura identitaria" que se encarga de
preservar un nacionalismo cerrado.
El proceso inverso es, sin embargo, preponderante. Una geografía
alternativa de la pertenencia se impone en gran parte del mundo. El trazado
de esta nueva cartografía, basada en los flujos segmentados y combinados
que atraviesan y redibujan las fronteras existentes, se va dando a partir
de tres procesos paralelos e interdependientes en curso:
1) El surgimiento de verdaderas culturas "diaspóricas",
resultado de los flujos de circulación cultural suscitados por
las emigraciones de los países en vías de desarrollo hacia
los más desarrollados. Esta "implosión del Tercer Mundo
en el Primero"(5) ha conducido al desarrollo de sociedades multiculturales.
El fenómeno de las inmigraciones masivas con sus secuelas sociofamiliares
y culturales ha ido dando una mayor complejidad al debate de la identidad
y ha incorporado nuevos problemas a su discusión. Integración,
melting-pot, inserción, aculturación, desculturación,
entre tantos otros, son temas focales de una discusión que está
lejos de concluirse.
Con otras características, pero con un similar efecto de desarraigo,
creciente masas de refugiados(6), obligadas a cruzar la frontera de un
país para establecerse en otro, muchas veces sin poder integrarse
y viviendo en condiciones precarias, asolan el planeta. Si Asia y África
parecen los continentes donde el problema de los refugiados asume proporciones
dramáticas, no puede olvidarse que Europa y América latina
han vivido también este problema. Ambos refugiados e inmigrantes
han conducido, en el caso de América latina, al surgimiento de
mosaicos identitarios en las grandes ciudades del continente. En barrios
y hasta en calles determinadas se conservan componentes específicos
de la comunidad originaria, "diasporizada" por la emigración
masiva. En densas zonas de eclosión espontánea se preservan,
muchas veces gracias a la pobreza crítica que las condena a la
marginalidad, componentes de una identidad en vía de desaparición
en otras áreas modernizadas de esas mismas ciudades. Barrios que
se identifican con etnias, verdaderos ghetos culturales, proliferan, marcando
diferencias tajantes entre ellos.
La gran ciudad se ha transformado así en el escenario por excelencia
de la sociedad multicultural y es en ella donde se expresan con mayor
evidencia los nuevos parámetros de la identidad. Las metrópolis,
las llamadas mega capitales o "ciudades globales" identificadas
a veces con una "jungla de asfalto", verdadera "selva humana",
ya no son sólo una compleja condensación de realidad y memoria,
de historia fijada selectivamente en museos, monumentos y nomenclatura
de calles, sino también una actualidad permanente que contiene
el propio mundo en sus límites. Masas humanas se ven obligadas
a recorrer cotidianamente grandes distancias entre los suburbios donde
viven y sus lugares de trabajo. En ese cruzarse incesante, cuando no en
el rozarse físicamente con otros en autobuses, metros y calles
congestionadas, la identidad parece irse esfuminando en el anonimato y
en la soledad de la multitud, aunque esté en realidad dando lugar
al nacimiento de un nuevo tipo de individuo de fragmentada pluralidad,
al que todo invita al errático deambular guiado por el azar, la
necesidad o la simple curiosidad y a perderse en el trazado de calles,
galerías y centros comerciales.
2) La importancia creciente de las figuras del éxodo y el exilio,
la exaltación de la "condición nomádica",
las nociones de desarraigo y del "fugitivo cultural" como componentes
de la identidad en el marco de los procesos de globalización.
El mundo contemporáneo agudiza la condición apátrida
del ser humano condición de la que ya hablaba Hegel al referirse
al que vive fuera de la "tribu" o nación que lo protege
marcado por ese afán relativista y cosmopolita del laicismo humanista
que se inaugura con el Siglo de las Luces. Varios ejemplos actuales lo
evidencian. Entre otros, el del "artista migratorio", convertido
en uno de los múltiples enlaces transculturales de un mundo colocado
bajo el signo del nomadismo planetario. Numerosos intelectuales y artistas
exploran la diversidad material y cultural al incorporarse a otras colectividades
para intercambiar ideas y experiencias estéticas. Ello permite
como propone el pintor chileno Eugenio Dittborn superar "los
sacrosantos emblemas de identidad, verdaderos distintivos estereotipados
de nosotros como víctimas exóticas" y forjar una mirada
"múltiple, politeísta y módica", gracias
a la cual se puede abrir el proceso de una interacción crítica
con la tradición entendida como memoria de un pasado histórico
que debe ser revisitado en permanencia.(7)
En la misma dirección, becas y cursos universitarios de postgrado
promueven contactos en un mundo que tiene una creciente oferta para vivir
fuera del "lugar en que se ha nacido" y para integrarse a redes
que desconocen las exclusivas fronteras nacionales y culturales. Claro
está que muchas de estas experiencias terminan en la "fuga
de cerebros" de la que se nutren los países desarrollados
en desmedro del desarrollo endógeno.
La figura del exilio, tanto del forzado como del voluntario, signa también
el creciente proceso de desterritorialización, cuando no de desarraigo
del ser humano contemporáneo. En ella se concentra la memoria del
pasado, formas ambiguas y contradictorias de la nostalgia pero, sobre
todo, la alquimia de los intercambios y la fecundación de significados
que se generan a partir de la distancia. Si bien la identidad de origen
puede estremecerse, "no existe la menor contradiccción entre
el exilio y la identidad cultural del escritor" como sostiene el
albanés Ismail Kadaré, quien ha vivido la mayor parte de
su vida en el exilio ya que "el exilio puede fortalecer esa identidad,
y precisamente en el momento en que ésta parece debilitarse, la
dimensión universal que aquél le aporta la vuelve aún
más verdadera".(8)
Como extensión de esta característica nomádica de
la identidad, el "viaje" propone también variantes tipológicas
(viaje de evasión, iniciático, de peregrinaje, de reconocimiento,
etc¼) donde se subraya el tránsito simbólico-cultural
y el registro semántico de la creciente desterritorialización
de los códigos adquiridos. En el caso de la identidad de América
latina la función del viaje no sólo ha sido "fundacional"
(conquista, colonización y progresivas inmigraciones), sino constitutiva
de su organicidad, incluso por contraste. El necesario reflejo en el "espejo
europeo" ha impulsado muchas de las formas que ha asumido el viaje,
tanto el iniciático como el de búsqueda de la diferencia,
de reconocimiento en la alteridad o el que permite descubrir los propios
orígenes en "la distancia".(9)
Sin embargo, no puede dejar de anotarse que, al mismo tiempo y como
un reverso de la modelización "internacionalizada" de
la identidad contemporánea se exaltan y revalorizan formas de
la nostalgia, esas figuras de la "morriña", saudade,
la homesickness, la heimveh, la rodina que acumula en cada idioma respectivamente
español, portugués, inglés, alemán y ruso
un matiz diferente de desagarrada intimidad. La literatura la ha sabido
reflejar con emoción a través de los escritores que han
hecho del exilio su condición casi natural de vida. "El exilio
es mi Patria", llega a decir María Zambrano.
3) La multiplicación de circuitos de circulación y difusión.
Con la globalización de los mercados y los progresos de los medios
de comunicación, individuos y pueblos viven en coexistencia permanente,
para la cual no hay fronteras ni una base territorial única. Una
cultura de difusión instántanea y simultánea refleja
el evento, el acontecimiento, el momento vivido fuera de los referentes
espaciales y temporales. Allí lo contingente es contiguo, aunque
el día a día no deje de seguir articulando la continuidad
histórica y esa sensación ineludible de vivir la "noticia"
en "vivo y en directo", como se dice en la jerga televisiva.
Este vivir al día a nivel del mundo ha llevado a que el escritor
suizo Paul Nizon, un "nómada" cultural que ha residido
en Italia, Francia y España, afirme: "Si estoy inmerso en
el presente estoy vivo. Vivo en este mundo. Pertenezco a mi tiempo. Soy
un contemporáneo".
Esta condición de lo "presente", de lo inmediato como
vivencia, está estimulada en forma provocativa por circuitos y
redes interculturales de todo tipo. El presente se instala como una permanencia.
No quiere ser más efímero ni fugaz. Nuevas redes de interés,
al margen de la dependencia o control nacional escenifican la mezcla de
culturas y favorecen la creación de lo que se pueden llamar "redes
de autoridad" en campos interconectados como asociaciones profesionales
y organizaciones no gubernamentales, editoriales, revistas o universidades
que responden a diferentes sectores sociales. En esta dimensión,
el carácter de identidad elegida individual o colectivamente, como
opción vital asumida en forma consciente y voluntaria, resulta
esencial. La identidad se funda y se reconoce en base a intereses sectoriales
comunes, creencias compartidas, coincidencias, aunque sean momentáneas,
en función de "itinerarios compartidos" y experiencias
comunes. Uno se identifica más con los que hacen y creen lo que
uno hace y cree.
Esta interconexión transversal está favorecida por la generalización
de las comunicaciones. En la intimidad de la pantalla de ordenadores y
gracias a los webb-on line, del Internet, se desarrolla una cultura del
ciberespacio, cuyo territorio de relaciones es interactivo y fundante
de verdaderas comunidades virtuales transnacionales, donde en una especie
de "club mundial" de la realidad virtual se vive tanto en la
realidad-real como en la ilusión de una nueva dimensión
de la expresión identitaria. Verdaderas "redes de conversación"
se estarían contituyendo en forma horizontal, desplazando el orden
jerárquico verticalizado de antaño. Como afirma José
Joaquín Brunner, esta horizontalidad ha generado una arquitectura
interactiva del saber más compleja que en el pasado. Si bien la
información disponible es cada vez mayor, una crisis de estabilidad
afecta las certidumbres del conocimiento. El saber limitado del pasado
era más claro y ordenado que la masa de información actual
cuyas pistas se embrollan en la confusión de sus múltiples
accesos.
Si ello supone aperturas y parámetros fundados en una nueva universalidad
sin límites conocidos hasta ahora, es evidente que los riesgos
de un zapping identitario al que la sociedad de consumo invita por otra
parte, se agudizan. Un zapping que parece ir en la dirección del
discurso postmoderno sobre el fragmento, lo parcial y lo inconcluso como
virtualidad antitotalitaria de todo texto que aspira ser totalizante.
La fragmentación identitaria parece ser el riesgo más obvio
de este proceso de desterritorialización y de multiplicación
de circuitos de circulación, aunque al mismo tiempo propicia convivencias
culturales interpersonales capaces de alimentar relaciones internas y
externas inimaginables hasta hace poco.
En el mundo globalizado hay una creciente interacción funcional
de actividades dispersas tanto económicas como culturales, con
muchos centros y una articulación flexible de partes y componentes
de origen muy diverso. Los hábitos de consumo interculturales lo
reflejan claramente. Por lo pronto, porque los propios objetos de consumo
han perdido su relación directa con los territorios de origen.
Basta pensar en los de cualquier objeto de marca internacional reconocida,
cuyos componentes son producidos en diversos puntos del planeta y ensamblados
en otros.
En el caso de las "industrias culturales" este "montaje"
confunde aún más las fronteras entre cultura popular, cultura
ilustrada y cultura de masas. Las expresiones más ricas de esta
evolución se encuentran en la creación musical y en la representación
artística donde son posibles lecturas polifónicas simultáneas
y donde "relatos" identitarios plurales se representan con una
misma unidad temática. Los registros ambientales combinan modos
y modas en una mezcolanza fecunda de ritmos y géneros.
Estos componentes multiculturales presentes en la globalización
del consumo también se reflejan en el sector editorial (las casas
editoriales con diferentes "polos" de producción, distribución
y venta) y en el del diseño de ropa y difusión de modas
(marcas internacionales con diferentes centros de manufactura). Si bien
se puede hablar de un proceso de "clientelización del ciudadano"
como hace Jürgen Habermas, es evidente que la noción "estatista"
y jurídica del individuo se ha abierto en forma enriquecedora a
la diversidad multicultural y al pluralismo diferenciado. La creencia
tradicional de que es imposible ser auténtico y evolucionar al
mismo tiempo, ha cedido el paso a una sociedad multicultural que acepta
las cosas diferentes, extrañas, incluso lo contrario a lo tradicionalmente
aceptado. No es extraño que lo nuevo pueda llegar a ser ser más
auténtico que lo viejo.
2. Los nuevos repertorios identitarios El proceso por el cual se da la
construcción de una identidad cultural que no está necesariamente
fundada en los cánones del territorio, la etnia o la lengua no
supone aceptar en forma beata la alienación sometida a los peores
efectos de la globalización económica. Somos conscientes
de que el cuestionamiento de los mitos que sustentan la noción
tradicional de identidad territorio, pueblo, nación, país,
comunidad, raíces ha llevado al desmoronamiento del metaconcepto
unificador y que la pérdida de los referentes telúrico-biológicos
tradicionales inaugura un período difícil. Por ello la globalización,
más que un obstáculo, tiene que ser enfocada como un desafío.
Posibilidades, más que dificultades, se abren para un debate al
que hay que apostar creativamente, aunque esa participación sea
crítica y reactiva. Hay que indagar en esa dirección, transgrediendo
fronteras, no condescendiendo pasivamente con el saber ya dado sobre el
tema, sino produciendo horizontes y aportando argumentos que pueden experimentarse.
De otro modo, la reflexión intelectual se limita al repliegue defensivo
y a un refugiarse en los derivativos ilusorios de la nación, la
confesionalidad o la tribu.
Es más, creemos que la crisis de la ontología de la pertenencia
nacional y el creciente proceso de desterritorialización a que
invita la desaparición de fronteras y la multiplicación
de circuitos de circulación y difusión, aunque se traduzca,
en lo inmediato, en la pérdida de referentes identitarios por la
presunta homogeneización a la que la globalización conduce,
no hace sino "abrir paso a uno de los retos culturales más
apasionantes y potencialmente subversivos del momento".(10)
Para hacer frente a este desafío, hay que inventar una mirada sobre
nosotros mismos que sea múltiple, polifónica y pluralista,
capaz de evacuar los significados aceptados del signo identitario. Lo
importante es elaborar estrategias para sobrevivir en la inmersión
de símbolos y referentes variados y reconstituir la noción
de identidad sobre nuevas bases, superando el rechazo y el miedo monolítico
a la cultura "multinacional", lo que Backmuster Fuller llama
en forma onomatopéyica el "monstruo"Grunch.
La caída de "muros" y fronteras debe invitar a hacer
un buen uso de la globalización y a reactivar la iniciativa del
pensamiento en forma creadora y no solamente defensiva. Para ello hay
que recuperar la estrategia fundacional de un pensamiento que evacúe
la nostalgia del poder del Estado paternalista y omnipresente que parecía
cobijar la identidad hasta no hace mucho. Al mismo tiempo, esta iniciativa
intelectual reactivada debe ayudar a corregir el absolutismo de la idea
del mercado mundial, instrumento de la drástica desregulación
que se vive en la actualidad, especialmente en el terreno económico,
laboral y de protección social. Hay que elaborar con urgencia estrategias
a nivel internacional para hacer frente a esos fenómenos que algunos
consideran ineluctables, donde se recupere una vocación anticipadora
a la que no debe ser ajena una intención utópica.
Para comprender el alcance de esta propuesta hay que partir del hecho
de que todo individuo se maneja simultáneamente en varios círculos
identitarios, desde el individual y familiar, hasta el más amplio
de pertenencia a una comunidad, región, nación o país,
pasando por el del grupo político, étnico, sindical o profesional
en el que se desenvuelve. La identidad se desplaza y se abre en ese espacio
circular superpuesto, concéntrico o tangencial, donde cada uno
de ellos es siempre más reducido que el horizonte total de la persona
que engloba.
La fricción entre las expresiones individuales y las colectivas
de estos diferentes círculos son inevitables, y su ampliación
o reducción es variable y permanente. La ampliación acentúa
el carácter pluralista de la identidad y la reducción impulsa
hacia el fundamentalismo y la tribalización. Mientras que el círculo
de pertenencia tiene nostalgia de lo monocultural y de los horizontes
limitados comarcales, de las lenguas incontaminadas y de las incuestionadas
verdades sobre el origen, el de la apertura apuesta al intercambio y al
conocimiento del otro.
Se puede afirmar así que hay dos formas de unidad que coexisten
críticamente en una misma identidad: una que se cierra sobre sí
misma e insiste en la permanencia y otra que se va afirmando por la progresiva
integración de lo nuevo. El nudo de esta paradoja radica como
lo sugiere Albert Memmi en el miedo que provoca todo cambio al que se
niega con desesperación hasta que se integra en lo cotidiano. Es
más: transforma lo que parece "fragilidad" en fundamento
de la supervivencia y la evolución. "La identidad cultural
resume Memmi es una ecuación dinámica donde se combinan
inextricablemente elementos más o menos estables con elementos
cambiantes y relativamente imprevisibles".(11)
En esta perspectiva, la identidad cultural aparece como el resultado de
posiciones variables y no fundadas en forma definitiva, una noción
formada y deformada en varios frentes simultáneos, que se forja
en el enfrentamiento y la coincidencia. Tampoco es algo homogéneo
o fijo, sino una condición múltiple y transitoria que acontece
en la conjunción del siempre cambiante cruce cultural. Menos aún
es un puzzle, un rompecabezas de diseño claro que se puede armar
con los fragmentos "recortados" de un todo que pueda reconstruirse
como un "cuadro" representativo.
Sin embargo, el ser humano necesita creer y persuadirse de la legitimidad
de sus creencias, especialmente en momentos de grandes cambios. No puede
vivir en la fragilidad, la relatividad y la metamorfosis permanente. Para
ello se apoya en la construcción de un "pasado común"
que se invoca como fondo inalterable de la identidad, aunque, en realidad,
sea el resultado de una reconstrucción en gran parte ideal, donde
se integran creencias reajustadas con elementos reales, pero también
con símbolos y elementos imaginarios. El "sentimiento"
de identidad resultante reclama un ajuste permanente de la memoria para
ser coherente y operacional, al mismo tiempo que soportable frente a los
cambios y las inevitables adaptaciones a las que debe hacer frente. En
este caso, la identidad cultural sería un "conjunto de permanencias"
a través de un cambio continuo, aunque se traten de "permanencias
relativas" y de adaptaciones continuas. Este complejo proceso de
apertura, integración y cierre se produce a partir de hibridaciones
donde se sintetizan mezclas y donde prima lo intercultural, características
de un mundo cada vez más interdependiente.
Ello genera las "lealtades múltiples" en que se divide
(y a veces se desgarra) la identidad contemporánea. Esta noción
ha ido ganando un espacio que no es siempre fácil de aceptar, donde
vivir "en medio", en la "grieta de dos mundos", forma
parte de un nuevo repertorio de referentes donde una parte de la identidad
se renegocia y se reconstruye en permanencia a partir de una perspectiva
multifocal. Ello permite explicar el fenómeno de la doble nacionalidad,
al que irónicamente podríamos llamar "bigamia"
de patrias, "bipatrismo" que caracteriza la situación
de buena parte de exiliados e inmigrantes. El doble pasaporte no es simplemente
una comodidad para cruzar fronteras, sino un documento que traduce una
situación de hecho en que parte de una identidad ha cedido su espacio
a un territorio de adopción. Las lealtades múltiples se
manifiestan asimismo en la compleja relación de los ciudadanos
de regiones autónomas y naciones que las integran o en el bilingüismo
de muchas comunidades en que se divide la expresión lingüística.
Bilingüismo que no hace sino reflejar dos filiaciones culturales
con sus respectivos modelos de pensamiento.
Sin embargo, no todo multiculturalismo se da en forma pacífica
y menos aún se acepta en forma resignada, paciente o "tolerante".
El principio de disentimiento con las ideas y costumbres diferentes forma
parte de una auténtica sociedad pluricultural. Es más, no
siempre es necesario tratar de entender lo diferente. Tampoco es necesario
buscar en forma deliberada mezclas y mestizajes. La aceptación
y la integración de los procesos de hibridación que sintetizan
mezclas, se da según las personas y los intereses comunes en juego.
La asimilación, cuando la hay, debe ser voluntaria y debe reivindicarse
el derecho a la resistencia a ser integrado y el derecho a defender los
límites de lo propio. En todo caso, ser capaz de cambiar no implica
necesariamente "dejar de ser" uno mismo para ser "otro".
Convivir en la multuculturalidad es más importante que buscar "consensos"
o "uniones" que pueden transformarse en experiencias coercitivas
en la medida en que implican cohabitaciones artificiales. No hay por qué
autoidentificarse en forma permanente con cómodas mayorías
o con las reivindicaciones de minorías. Por ello, no se trata tanto
de "vivir con otro", sino de saber "vivir junto al otro",
saber ser vecino del otro. Vivir al lado de otros y no necesariamente
junto con otros. No es siempre necesario identificarse totalmente con
lo "extraño", lo que es extranjero a nosotros mismos.
Tampoco hay necesidad de comprender al otro. Lo primordial es "respetarlo"
sin la pretenciosa intervención paternalista de que lo "comprendemos".
Respetar no significa siempre comprender y menos aún "amar".
Por otra parte, nuestra identidad es, a veces, extraña a nosotros
mismos. Hay que tener el coraje y la capacidad de reconocerlo. La atracción
por lo extranjero, el presunto amor por el otro, está muchas veces
alimentado por el rechazo de una parte del sí mismo. Aquellos que
se excusan de ser lo que son y que creen salvarse ante los otros por los
sentimiento que dicen profesar por lo "diferente", no hacen
sino escamotear una parte de su identidad.
Lo multicultural recoge los fragmentos y residuos de una identidad que
ha estallado a causa de un mundo confuso y sin direcciones para crear
otra unidad que invita a una nueva cultura hecha de la diversidad. En
una sociedad multicultural los fragmentos emergen y desaparecen, un orden
se establece o es destruido, proyectos se lanzan, se producen colisiones
y colapsos como "entre las estrellas en el cosmos", en el decir
metafórico del escritor suizo Silvio Blater, residente en la ciudad
multicultural paradigmática de Los Angeles.
En realidad, lo multicultural es precondición para cosas nuevas,
no condición. Es transición permanente, donde nadie se pregunta
en ningún momento si ha sido influido y cómo se viven "naturalmente"
los múltiples aspectos de la multiculturalidad. Se trata de asumir
contornos diferentes, mimetizarse, disgregarse y unirse según sus
proteicas posibilidades. Sin caer en la "teoría del caos"(12)
que preconizan algunos o de la "teoría de la complejidad"(13)
que preconizan otros para explicar los márgenes de "incertidumbre"
que presiden los procesos que se creía predecibles, es evidente
que lo indeterminado y lo aleatorio guía buena parte de la reflexión
sobre las posibilidades "auto-organizativas" de la identidad
múltiple. Estas nuevas identidades construidas con los desechos
tecnológicos de la modernidad y gracias a la apropiación
ecléctica de elementos variados, muchos de ellos foráneos
o ajenos, permiten renovadas experiencias.
Es bueno recordar con Ticio Escobar que "el 'bricolage', este paciente
proceso que busca reorganizar identidades nuevas con desechos y reliquias,
es tarea de toda cultura". Por ello recomienda para América
latina, "recalcar afinidades, buscar consensos, integrar problemas
comunes, imaginar proyectos conjuntos y, hasta, por razones de conveniencia
epistemológica o política, presentar un contorno sólo
cuando pareciera útil para fortalecer posiciones o proteger nuestros
recién nacidos mitos"(14). Esta tarea debe tomar en cuenta
las reflexiones en torno a la "heterogeneidad cultural" que
han caracterizado la propia modernidad latinoamericana, una modernidad
heterodoxa" que yuxtapone fragmentos disímiles de temporalidad
social en "un collage de memorias y experiencias"(15), Una identidad
que para Osvaldo Sánchez es un patchwork o el kitsch que propone
como discurso alternativo al discurso oficial de Cuba: "Es kitsch
nuestra manera de apropiarnos de todas las culturas, de todas las corrientes,
revertir paródicamente nuestra dependencia [...] Invitados siempre
al final de los banquetes, elaboramos nuestro propio menú [...]
con fragmentos de obras, con sobras y trozos" (16).
La verdad es que aunque esta realidad multicultural parezca evidente,
la mayoría de los gobiernos de los países afectados por
su impacto se niegan a profundizar una reflexión sobre los cambios
de comportamiento identitario producidos. Las excepciones de las legislaciones
de Australia, Canadá y Estados Unidos, para canalizar y reconocer
el fenómeno de la multicultaridad, las discusiones teóricas
en Alemania(17) confirman una regla donde las propuestas sobre la Heimat
Babylon de Daniel Cohn-Bendit y Thomas Schmid, la provocativa idea del
World Bazaar irrumpiendo en el Gentlemen's Club del teórico hindú
del Post-Colonialism, Homi Bhaba, son apenas el comienzo de un debate
ineludible en este fin de milenio. Un debate que deberá generar,
sobre todo, espacios de diálogo, ámbitos donde pueda establecerse
una comunicación entre unos y otros.
3. Redimensionar el particularismo y la universalidad Una de las mayores
críticas que se hace a la cultura postmoderna y al proceso de globalización
en curso, parte del principio de que hay un propósito explícito
de homogeneización de los variados símbolos identitarios
del planeta en un molde único. La uniformización resultante
obedecería a un designio superior, en nombre del cual el enorme
potencial tecnológico y económico de la civilización
occidental, el individualismo, el bienestar y el progreso tienden a absorber
las culturas en una "cultura única", amorfa y empobrecida.
Más allá de la "visión conspirativa" que
caracteriza esta posición cuando se hace extrema, es evidente que
su planteo simplista olvida la capacidad reactiva o de "descodificación"
crítica que provoca la lectura de un mensaje enunciado en forma
unívoca, como pueden serlo las consignas políticas o los
anuncios publicitarios. Una crítica y una selección natural
se produce siempre en el plano de la recepción, lectura que "filtra"
la intención de todo enunciado a través de códigos
de grupos o colectividades, según pueblos y costumbres.
La prueba es la creciente rebelión de particularismos varios y
la notoria eclosión de reivindicación de identidades de
todo tipo que caracteriza el discurso de fines de los años 90,
a diferencia de lo que fue durante la década de los 80, cuando
el globalismo pudo equipararse al descarnado empuje del neoliberalismo
económico. La respuesta de los fundamentalistas, especialmente
étnico-nacionalistas y religiosos, se inscribe en esta dirección
reactiva que no es tan anacrónica como parece, no está tan
"fuera de su tiempo" y no es "sólo pasado"
como se la reduce esquemáticamente.
Hoy se puede hablar de fisuras narrativas en el discurso de la globalización,
lo que algunos llaman "globalidad negativa", y otros "la
globalización del síndrome de Calcuta", es decir, el
temor de que el fin de la civilización actual no sea otra cosa
que un mundo apocalíptico uniformizado, no por la riqueza del consumo
de un gran mercado mundial, sino por la pobreza secular de la megaciudad
del continente asiático.
Pero hay más. Sin olvidar los riesgos de homogeneización
en sociedades culturalmente débiles, la globalización favorece,
por el contrario, la pluralidad de opciones, amplía la "oferta"
cultural (basta pensar en la televisión por cable o satélite)
y multiplica las fuentes de información. El problema que se plantea
es justamente cómo seleccionar, articular, "filtrar"
y organizar esa masa de ofertas y de informaciones. Para ello, Edgar Morin
ha propuesto una verdadera "reforma del pensamiento" para enseñar
al hombre a "navegar" en un "ir y venir incesante entre
certidumbres e incertidumbres, entre lo elemental y lo general, entre
lo separable y lo inseparable(18)"
En los hechos, la diversidad del mundo está más fraccionada
que nunca y ello es palpable en el seno de países y ciudades en
que se vive agudamente el doble proceso de la globalización y el
multiculturalismo. Basta observar cómo se incorporan objetos y
técnicas de uso generalizado a la vida cotidiana y cómo
se insertan con naturalidad en lo particular, según un proceso
selectivo individual. Muchos de ellos no pasan a ser sino meros instrumentos
o a facilitar un comportamiento, sin por ello alterar necesariamente la
identidad del usuario y menos aún uniformizarla con la de otros
"consumidores".
Sin embargo, es importante subrayar que una "igual presencia"
multicultural en una sociedad no significa iguales oportunidades para
todos. En efecto, "la multiplicación de posibilidades hace
aún más evidente la desigualdad de oportunidades"(19),
por lo cual la convivencia multicultural de diferentes estilos de vida
debería conducir a un impulso ético basado en mayores esfuerzos
de pluralismo democrático. Un pluralismo que debe tender a otorgar
los mismos derechos y oportunidades a todos.
En realidad, lo que resulta primordial es dar una respuesta a la interrogante
de cómo reivindicar un particularismo cultural abriéndose
a la vez a las perspectivas planetarias. Algunos ya lo hacen ensalzando
las virtudes de la "globa-localización". En la utilización
de los poderosos medios tecnológicos de comunicación como
por ejemplo en la televisión regional, en la enseñanza "a
distancia", en la telefonía interactiva y en el desarrollo
de la radiodifusión de programas con la participación directa
del oyente se abren posibilidades de apertura e inserción de
lo local en lo universal. Experiencias directas de "globa-localización"
se están desarrollando en la televisión del Brasil y el
debate se extiende a otros países de América latina.
A modo de conclusión provisional para un tema que será fundamental
en los próximos años el de la articulación de la
modernidad y la identidad en el marco de los procesos de globalización
en curso , hay que considerar que un planteo esencial se insinúa
bajo las consideraciones psico-sociales o meramente culturales del debate
en curso: las relaciones entre lo particular y lo universal.
En efecto, todo conduce a pensar que una nueva articulación entre
lo singular y lo universal se impone, ya que si bien lo universal penetra
lo singular, procesos inversos se dan en el énfasis de lo específico
opuesto a la generalidad. Procesos que en muchos casos invitan a superar
la clásica incompatibilidad para proponer una verdadera coexistencia
entre ambas nociones. Como bien señala Raúl Fornet-Betancourt
"la cuestión no es ahora cómo integrar lo propio en
el movimiento de lo 'universal', sino cómo injertar la diversidad
del mundo en lo propio. Con esto se rompe el círculo de la dialéctica
del conflicto entre lo "universal" y lo "particular".
Más adelante añade: "Ahora hay más bien universales.
Los troncos propios en cada cultura son universales concretos. No hay
'particularidades' y 'universalidad', sino universalidades históricas".(20)
La respuesta a esta necesaria redimensionalización del particularismo
y la universidalidad en el marco de los nuevos parámetros de la
identidad nos parece repetimos "uno de los retos culturales más
apasionantes y potencialmente subversivos del momento".
Por otra parte, no aceptar el desafío de repensar la noción
tradicional de la identidad en el marco del doble proceso de fragmentación
y de globalización en el que estamos sumergidos no serviría
de nada, ya que la historia, por ahora, no nos deja otra alternativa.
1. Casi como un juego de palabras se podría
decir que la identidad es el resultado de la suma de dos caracteres: localización
(localidad) + locución (lengua, hablar).
2. GARCÍA CANCLINI, Néstor , "Escenas sin territorio"
en Art from Latin America. La cita transcultural, edición bilingüe
de Nelly Richard, Sydney, Australia, Museum of Contemporary Art, p. 28.
3. El ensayista tunecino Albert Memmi se pregunta si no es mejor hablar
del "sentimiento" de identidad cultural más que de una
identidad cultural propiamente dicha (MEMMI, Albert , "Les fluctuations
de l'identité culturelle", Esprit, París, enero, 1997,
consagrado a La fiièvre identitaire).. "Ser un francés,
un alemán o un ruso afirma Memmi es una manera de "comprenderse"
a sí mismo, de definirse en relación a una tradición
y a una situación cultural, pero esta relación consigo mismo
y esos elementos culturales son cambiantes", p. 99.
4. BALIBAR, Etienne y WALLERSTEIN, Immanuel en Race, nation, classe. Les
identités ambiguës, París, Editiions la Découverte,
1990, hablan de la ansiedad e insatisfacción que ha generado la nueva
"categoría" de inmigración, en tanto que sustitutiva
de la noción de raza y factor de desagregación de la "conciencia
de clase".
5. ROSALDO, Renato, Ideology, Place and People without Culture, Standford,
University of Standford, 1990, p. 9.
6. De acuerdo a la Convención de Ginebra de 1951 que regula el funcionamiento
del Alto Comisionado de las Naciones Unidas para los Refugiados (ACNUR),
el estatuto de refugiado se concede a toda persona que, "debido a fundados
temores de ser perseguida por motivos de raza, religión, nacionalidad,
pertenencia a determinado grupo social u opiniones políticas, se
encuentre fuera del país de su nacionalidad y no pueda o, a causa
de dichos temores, no quiera acogerse a la protección de tal país".
7. El pintor chileno Eugenio Dittborn a lo largo de una "entrevista
aeropostal" con Sean Subitt en "Art from Latin America. La cita
transcultural", O.c., p. 211.
8. KADARÉ, Ismail, "Ave de paso" en Los mundos del exilio,
El Correo de la Unesco, París, UNESCO, Octubre 1996, p. 21.
9. Hemos consagrado al tema, la segunda y tercera partes de nuestra obra
Identidad Cultural de Iberoamérica en su Narrativa, Madrid, Gredos,
1986; y numerosos artículos en revistas y libros colectivos. Sobre
el tema de la tipología del viaje ver AINSA, Fernando, "Las
dos orillas de la identidad en la obra de Julio Cortázar. Significados
del viaje iniciático" en el volumen consagrado al coloquio sobre
"Cortázar en Mannheim, Inti", Revista de Literatura Hispánica,
Nº 22-23, otoño 1985-primavera 1986, Providence Coolege,
USA.
10. OLALQUIAGA, Celeste , "Buitre-cultura. El reciclaje de imágenes
en la postmodernidad" en Art from Latin America. La cita transcultural,
Op. cit., p. 93.
11. MEMMI, Albert, Art. cit., p. 100.
12. El caos, de acuerdo a teóricos como Ilya Prigogine, Norbert Wiener
y Claude Shannon, es un modo en que las cosas y los sistemas cambian; es
un orden particular estructurado, pero que cambia como un todo y donde la
conducta futura de sus componentes individuales es completamente impredecible.
Hay una conexión estrecha entre el caos, el azar y la creatividad.
Esta teoría intenta responder al fracaso de las explicaciones científicas
e históricas que pretendían que gracias al orden, la certeza
y el determinismo los acontecimientos podían ser predecibles.
13. El principio de simplicidad impone separar y reducir, abstraer y ocultar
la novedad y la improvisación sostiene Edgar Morin en su obra Introduction
à la pensée complexe, París, 1990. Por el contrario,
el principio de complejidad preconiza reunir, sin dejar de distinguir. Complejo
recuerda significa que "está tejido junto". El pensamiento
complejo es un pensamiento que trata a la vez de vincular y de distinguir,
pero sin desunir. Al mismo tiempo tiene que abordar la incertidumbre en
un mundo donde el dogma de un determinismo universal se ha derrumbado. El
universo no está sometido a la soberanía absoluta del orden,
sino que es el campo de una acción dialógica (relación
a la vez antagónica, competitiva y complementaria) entre el orden,
el desorden y la organización.
14. ESCOBAR, Ticio, Art from Latin America. La cita transcultural, Op. cit.,
p. 56.
15. RICHARD, Nelly, Ibíd., p. 113.
16. SÁNCHEZ, ibíd., p. 160.
17. La revista World Literature Today, University of Oklahoma, Summer, 1995;
ha coeditado con la UNESCO un número especial sobre "Multiculturalism
in contemporary German Literature", donde se abordan estos temas.
18. MORIN, Edgar "Por una reforma del pensamiento", El Correo
de la UNESCO, París, febrero, 1996. Número consagrado a la
complejidad.
19.Como loha señalado Javier Pérez de Cuellar al final de
su acción al frente de la Comisión Mundial de Cultura y Desarrollo,
Nuestra diversidad creativa, (El Correo de la UNESCO).
20. FORNET-BETANCOURT, Raúl, Hacia una filosofía intercultural
latinoamericana, San José, Costa Rica, Ed. Dei, p. 34.
(*)
UNESCO, VIII Congreso de la Federación Internacional de estudios
sobre América Latina y el Caribe (FIEALC) |
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